“¿Qué hacéis mirando al sepulcro? Ese Jesús que buscan ha resucitado”. El Crucificado es el Resucitado. Sí, Jesús ha resucitado. Es el grito de esperanza, de profunda, confiada, decidida, continua y luminosa esperanza que sigue resonando con fuerza inaudita e irresistible a lo largo y ancho de nuestro mundo. Jesús ha resucitado. No. “No busquen entre los muertos al que está vivo”.
Hoy nosotros, creyentes del XXI, en este año de gracia 2012, ¿dónde y cómo estamos parados? ¿Nos quedamos mirando cabizbajos y tristes el sepulcro? ¿Lloramos junto al sepulcro porque no podemos y no tenemos a nadie que nos ayude a quitar la losa del sepulcro? ¿Permanecemos silenciosos y melancólicos porque no podemos mover la piedra que cubre la entrada del sepulcro?
Nos hemos levantado temprano. Hemos visto el amanecer de camino. Hemos madrugado. Estamos como expectantes para ver si algo, algo grande, puede pasar. Aunque no sabemos muy bien qué, ni cómo, ni cuándo. Quizás tenemos aún telarañas en nuestros ojos y nos impiden la visión y la luz. Quizás esas telarañas están en nuestra mente y nuestro corazón y nos obnubilan de tal manera que impiden que recordemos y tengamos y hagamos memoria.
“Dinos, María, ¿qué has visto en el camino? A mi Señor resucitado. Vendas y mortaja en el sepulcro. Id a decir a mis hermanos que vayan a Galilea”. Jesús ha resucitado. Ha amanecido la nueva humanidad. Todo adquiere un nuevo significado y una nueva dimensión. Y frente a los hombres se abre la ventana de una esperanza sin fin.
¿Cómo traducirla hoy? ¿Cómo ser hombres nuevos? ¿Cómo vivir como resucitados? ¿Cómo manifestar que la fe es más fuerte que el mal y que la muerte? ¿Cómo vivir con la alegría y la convicción de que en el esfuerzo por el bien y la paz, la verdad y la justicia, la fraternidad y la responsabilidad no son realidades “de otro mundo” no estamos solos, que hay muchos hermanos que, calladamente, nos acompañan y, en última instancia, el Resucitado va delante de nosotros, nos acompaña, nos protege, ilumina y fortalece.
No hay recetas, ni pastillas, ni ecuaciones matemáticas que haya que descifrar. La fe va por otros caminos, tiene otros derroteros y con una mirada diferente. Y esto hemos de tenerlo presente y no olvidarlo. Creer es entrar en una dimensión desconocida, guiándonos por la presencia de Aquel que se ha dejado ver por nosotros. Creer es confiar en que cuanto Dios ha dicho de sí mismo y, por ende, hacia nosotros y de nosotros, se cumple. Y que cuanto ha dicho es la dicha para nuestra vida, nuestro ser y nuestro corazón. Creer es abrirnos al amor de Dios, que ha dejado su impronta en nuestros corazones pero que nos supera infinitamente. Creer es aceptar la presencia de Dios –de Aquel que no cabe en el universo, del todopoderoso, del Creador, del Redentor y del Santificador- en nuestra vida. Creer es fiarnos de Dios que nos lleva a la plenitud. Creer es vivir en el Dios de Jesús, el Cristo y el Señor, que se nos manifiesta en la Iglesia, en la oración, en los sacramentos, en la caridad.
Es la fe de María Magdalena y de los Apóstoles que gritaron con fuerza a partir de la resurrección: “Jesús ha resucitado” y se ha aparecido a Simón y a los doce y luego a una multitud y en última instancia, como en un aborto, a Pablo de Tarso. Es la misma que desde los cuatro puntos cardinales se ha ido extendiendo a lo largo de los siglos animada y fortalecida, iluminada y guiada por el Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos.
Amanecer cada día es entrar en la dimensión del Resucitado. Es caminar con una nueva esperanza. Es ver “un poquito más allá” que los demás. Es mirar con otros ojos y otra mirada: más sencilla, más servicial, más sonriente, más esperanzadora, más confiada, con menos temor, con la mano tendida y el corazón abierto. Es darse cuenta que siempre hay dos posibilidades de hacer las cosas y optamos por aquella que es en positivo, desde optimismo, desde lo que se puede hacer.
Amanecer cada día sabiendo que el sol brilla en lo alto, que el día se abre paso entre la oscuridad de la noche, que la verdad y la paz, la comprensión y la colaboración, el diálogo y la disponibilidad son virtudes de ayer, de hoy y de siempre y que siguen guiando e iluminando cada día, tanto de trabajo como de fiesta y celebración.
Amanecer sabiendo que optamos por las buenas maneras y las cosas bien hechas, por el respeto y el espíritu fraterno, por el bien y la bondad, por la paciencia y la comprensión.
Amanecer con una mirada de acción de gracias por el día a Aquel que es el señor del día, una dedicatoria de ese día a Aquel que puede guiarnos, iluminarnos y fortalecernos y una petición para que en ese día seamos testigos de su Paz, la Paz del Resucitado, la Paz como el gran don mesiánico y pascual.
Amanecer y levantarse e ir a la actividad, al trabajo o a disfrutar de un día de descanso y ocio con la familia y amigos, sin olvidar la celebración gozosa a Aquel que es Uno y Trino, Uno y Familia y que es el Señor y nuestro Señor.
Amanecer y vivir otra nueva oportunidad de caminar, de avanzar, de dar pasos en positivo, de seguir siendo testigos del Resucitado, de todo lo bueno que nos podemos imaginar y más y saber que a lo largo del día –aunque no seamos muy conscientes- no estamos ni caminamos solos. Hay Alguien que va con nosotros, delante de nosotros y –cuántas veces- empujándonos y en no pocas ocasiones llevándonos en brazos.
Por eso, llegar a la noche y agradecer. El don de la vida, del trabajo, de la actividad, de la familia, de los hermanos, de los compañeros, Agradecer las manos tendidas, los “gracias” que brotan sinceros del corazón de los hermanos, de la presencia de Aquel que sigue haciendo “nuevas” todas las cosas.
Y ponernos de nuevo en sus manos. Dormir con la conciencia de quien ha intentado hacer y vivir como seguidor del Resucitado y de un modo fraterno y servicial. De esta manera, ese sueño se va convirtiendo en preámbulo y signo de ese otro sueño definitivo y eterno en la Casa del Padre y con la presencia de Resucitado, de Quien posibilitó la nueva humanidad y el Reino de Dios junto con nuestros seres queridos.
Sí Jesús ha Resucitado. Su resurrección abre una nueva vida y una nueva humanidad. Animémonos a vivir esa nueva vida con la guía del Espíritu que resucitó a Jesús de entre los muertos y en esa Iglesia que sigue siendo “casa y escuela de comunión”.
P. Pablo Sánchez, osa
Párroco
Parroquia Ntra. Sra. del Pilar | C/ Colón 1839 | S2000FKC-Rosario | Santa Fe | Argentina |